domingo, 17 de abril de 2022

Si es la paz

 

Si es la paz

 

si es la paz

no piensas en ella

simplemente estás en ella

como quien flota confiado

sobre el mar

 

no miras tus cosas

como si fuera la última vez

que las contemplas,

en su amable sentido banal

la silla es la silla

la cama es la cama

 

si es la paz

imaginas que mañana

saldrás de tu casa

a caminar por las calles

así

sin rumbo

para nada más que caminar

 

no tienes el corazón apretado

ni las manos hechas puños

ni la respiración entrecortada

ni las lágrimas secas

en tus ojos despavoridos

 

Marga Schultz

23-02-2022

 

 


martes, 29 de marzo de 2022

Unas ideas sobre el valor de la ‘presencia’

 


¡Presente, señorita!

Unas ideas sobre el valor de la ‘presencia’


 

 

De niñas/os reaccionábamos con energía al escuchar nuestro nombre. Esa ceremonia de comparecencia, que también era visibilidad, participación, se llamaba “Pasar lista”. La mención de nuestro nombre era respondida con un muy audible: ‘¡presente señorita!’…

 

Cuando adultos, nos encontramos con otros modos de la presencia, por ejemplo, en el Teatro. Es la hora de inicio de la ‘función’, los asistentes nos vamos acomodando en nuestros lugares… El espacio de la escena, todavía sin los actores, anticipa su presencia. Pero no se tratará de un simple ‘aparecer’. La presencia, cuando nos es dada en un teatro, suele ser percibida como una fuerza emergente desde lo íntimo de la persona de la actriz, o el actor. Ellos, comparten las emociones y conductas de sus personajes a un par de metros de distancia, ante nosotros. Lo que sentimos como espectadores proviene del encuentro. Por eso existe una diferencia no solo estética, sino anímica, entre teatro y cine…

El ejemplo del teatro, confirma la importancia de la reunión presencial entre los seres humanos. Podemos advertir, asimismo, en películas, series, y en la vida misma, que después de situaciones dramáticas, tristes, o en momentos de alegría superlativa, lo culminante es un abrazo estrecho entre dos personas.

A raíz de la pandemia venimos siendo despojados de la presencia en muchos sentidos. Hemos tenido que reemplazar la presencia de familiares, amigos, y colegas, con fotos, videos, chats.  ¿Reemplazar? ¡No!... porque, en verdad, la presencia de nuestros prójimos es irreemplazable. El abrazo apretado, la sonrisa, el brillo de la mirada, no aparecen o están desvaídos en los sistemas on line. Son, más bien, testimonios de ausencia. Por el momento lo entendemos, aunque estamos con la esperanza de que se restituya lo genuino de aquellos gestos presenciales.

¿Por qué considerar tan importante ese fenómeno, la presencia?

Es notorio: la idea de presencia está relacionada con la valoración del tiempo presente. Y lo sabemos: lo intenso del vivir coincide con el ahora y el aquí. Porque cuando nuestros afectos están presentes se incrementa la alegría de estar juntos en un mismo momento y en un mismo sitio. Es un ‘convivio’ (convivium), un ‘vivir-con’, en que se percibe esa fuerza íntima que emana del otro. Convivio, es palabra vinculada a ‘banquete’, ‘fiesta’... De allí el regocijo que representa la presencia: ese mutuo reconocimiento de unos con otros forma parte de la plenitud de la vida.

 

 

crédito de la imagen:

  • Psicología-Online
  •  

     

     

     

     

    miércoles, 22 de diciembre de 2021

    Navidad en Tierra de Nadie

     

    Navidad en Tierra de Nadie[i]

    Margarita Schultz

     

    El tableteo de las ametralladoras llevaba días, interrumpido apenas por puntuales cañoneos.

    Las tropas alemanas estaban atrincheradas a no más de 100 m de distancia. ¿Y entre medio? La Tierra de Nadie…

    En las trincheras, con los fusiles apoyados sobre la tierra helada sobrevivían su vida soldados de un batallón. Algunos, peleando contra el sueño, otros, apoyados junto al barro compacto, miraban por sobre el borde los relumbres de los disparos cada vez más cercanos. Las escaramuzas se cruzaban de improviso, con la velocidad del rayo. Quedaban después, en ese espacio de nadie, los cuerpos de los muertos y las quejas sin fuerza de los moribundos.

    Recostado contra la pared de la trinchera, apenas recubierta por unas tablas para evitar desmoronamientos, un soldado escribía una carta para su amada, iluminado por un pequeño farol de aceite cubierto con un trapo. Un cohete cruzó el cielo nocturno con un silbido aterrador y fue a explotar más allá, a metros de la trinchera.

    El soldado escribía, apoyada la hoja sobre el revés de su plato de aluminio. Enérgico sonó el grito de su Sargento: − ¡Chester! ¡Maldito cochino! ¡Apaga esa luz! ¡¿Nos quieres ver morir a todos?!

    Pero, el soldado estaba como inmerso en una  pompa de jabón. Allí buscaba los recuerdos de aquella despedida que tuvieron su amada y él, en una pequeña calle de Dover. La fatiga acumulada, la suciedad, los estruendos entreverados del combate, no le impedían escribirle sobre su amor, una vez más.

    Esa carta seguiría la misma ruta que las anteriores: el fondo nunca bien seco de su mochila. En esos días, nadie venía con cartas, nadie las llevaba para entregarlas. La situación frenaba cualquier desplazamiento, − ¡Hasta nuevo aviso! –fue esta vez el grito desaforado del Sargento que recorría la trinchera dando órdenes con voz ronca. Era su manera de intentar proteger a sus soldados.

    Ya habían perdido a varios camaradas. Los que habían logrado rescatar, desde la Tierra de Nadie, yacían en una fosa única, en un extremo. La mayoría de los combatientes había aprendido, también, a tragarse el dolor de esas pérdidas.

     

    Al otro lado de la Tierra de Nadie, en la trinchera alemana, recostado contra la pared de barro apenas recubierta por unas tablas para evitar desmoronamientos, un soldado escribía una carta para su madre. Omitía el horror y solo ponía en el papel palabras de amor y ternura, y algunos detalles sobre la infame comida. Esa carta seguiría la misma ruta que las anteriores, el fondo de su mochila. Los tableteos de las ametralladoras, las estampidas ocasionales de los cañones lo movían a tratar de taparse los oídos con ambas manos. La vela encendida, pegada en el revés de su plato de aluminio, casi no daba luz; iba cincelando las últimas formas de la chorreadura de cera antes de apagarse. El soldado escribía apoyado sobre la caja del radiotransmisor. Era el encargado de las comunicaciones…

    Detalles en los uniformes embadurnados de lodo daban, a cada lado, indicios de la diferente nacionalidad: a primera vista, los cascos. Sin embargo, los emparejaba la consigna recibida de matar al enemigo. Estaban, de modo similar, devastados por el cansancio y el hambre, el dolor, la incertidumbre y el miedo. El miedo representaba allí el rostro de la Vida; los muertos no temían.

    Era el inicio de la Nochebuena, vísperas de la Navidad.

    A lo lejos se divisaban resplandores de estallidos. Un silencio inusual en medio de la negrura, en la parte alemana, sorprendió a quienes hacían guardia; un silencio profundo como el de la calma que precede a una tormenta. El batallón permaneció alerta, las armas listas, preparados para un eventual ataque masivo...

    Sin embargo, vieron aparecer unas temblorosas, tenues luces. Avanzaban con lentitud, como si en verdad estuvieran clavadas en su sitio. Venían desde la trinchera inglesa, la de los enemigos.

    Alguien en su desesperación y locura había tomado la iniciativa.

    Paso a paso algunos soldados ingleses fueron avanzando en la neutralidad de la Tierra de Nadie. Llevaban velas encendidas, le cera caliente les quemaba los dedos, pero no sentían dolor. Los del batallón continuaron avanzando, expectantes. Y alcanzaron a ver, en medio de la oscuridad, unos trapos blanquecinos, movedizos. Estaban siendo agitados por soldados enemigos que avanzaban desde las trincheras alemanas.

    Así fue hasta quedar frente a frente, en un estado de paz impremeditada y efímera. Al momento se oyó en la noche el canto de un villancico y otros y más. Se mezclaron los idiomas, letras y melodías en un milagroso quodlibet. 

    Así se tejió la fuerza de una Tregua de Nochebuena, con las fibras humanas, íntegras pese a todo…

    La Tierra de Nadie fue durante ese tiempo nocturno, Tierra de Todos. El estruendo de las armas se había detenido. Al menos por unas horas un silencio bendito dejó lugar a las canciones, las miradas, sonrisas, intercambios de cigarrillos y de botones de chaquetas. Surgieron apretones de manos, las que, aunque de modo inestable, dejaron de sostener fusiles.

    Un cielo oscuro, profuso en estrellas, fulgía como horizonte, por encima de todos.

     

    …………..

     

     


    Fuente de la imagen:///C:/christmas-truce-statue-at-ploegstraat.webp

     



    [i] La Tregua de Navidad

    La tregua comenzó en la víspera de la Navidad el 24 de diciembre de 1914, cuando las tropas alemanas comenzaron a decorar sus trincheras, luego continuaron con su celebración cantando villancicos: específicamente "Stille Nacht" (Noche de paz). Las tropas británicas en las trincheras al otro lado respondieron entonces con villancicos en inglés.

    Apenas unas horas antes, ambos lados estaban tratando desesperadamente de matarse entre sí.

    Pero durante un breve período durante la Navidad de 1914, las balas, las bombas y el derramamiento de sangre en el frente occidental durante la Gran Guerra dieron paso a un precioso momento de paz festiva. (Fragmento).

     

     

    Fuente: The Daily Mirror UK

    Autora del artículo acerca de La Tregua de Navidad: Melissa Thompson 26-12-2012

    16 millones de personas murieron durante esos cuatro años

     

    lunes, 20 de diciembre de 2021

    Otro año


                                            Jano Bifronte                     [Imagen: RedHistoria]


     Otro año


    transitan los días
    en su neutralidad
    sin saber cuál es su estrella 

     

    sin embargo
    cuando algo los atrae
    se ordenan los días
    en torno a un centro

     

    y danzan
    entre la historia y la ficción
    con la música del tiempo

     

    nos convertimos entonces
    en espectadores
    del contacto
    entre dos años

     

    31 de diciembre 2021- 01 de enero 2022


    lunes, 1 de noviembre de 2021

    Los brillos atrapan


     Los brillos atrapan 

    con su nada efímera

    y así, de ese modo,

    atrapa la vida

     

    ponemos nuestra fe

    en el encanto

    sucumbimos a esa magia

    y cuando las luces

    se extinguen

    retornamos a las verdades

     

    01-11-2021

    domingo, 27 de junio de 2021

     

    Fuente de la imagen: Pixabay, autor Tongchang

    Avisos clasificados De la serie “Anecdotario de Buenos Aires”

     

    De la serie “Anecdotario de Buenos Aires”

    Margarita Schultz

    Avisos clasificados

    Volver a un mismo lugar es una forma de gobernar lo desconocido. La pandemia la había impulsado a caminar cada domingo hasta un parque más lejano a su casa. Ese era su regalo dominical, el parque extenso y añoso. Árboles de troncos oscuros y corpulentos, un lago bien cuidado, adornaban el lugar. Ella había bautizado uno de los bancos con este nombre: ‘desde aquí’. No era un nombre muy apropiado para un banco, tal vez, pero sí su punto preferido de observación, junto al agua y de frente al norte, lo que le aportaba plenitud de sol.  Árboles menores, patos blancos, un par de gansos y cisnes de cuello negro habitaban la pequeña isla vegetada del centro del lago. Ellos bajaban al agua a la hora de las visitas atisbando pequeños trozos de pan que les arrojaba algún visitante. ‘Desde aquí’ tenía una oportuna distancia respecto de la resonante avenida a su espalda. Todo ello hacía de ese lugar una bendición. Le gustaba arrebujarse en su abrigo en esas mañanas otoñales, cruzar los brazos, acomodarse el barbijo, cerrar los ojos y dejar que el sol hiciera su labor… El sol sembraba luciérnagas efímeras en el agua movediza.

    Ella se impresionó la primera vez al sentir tan profundamente el deslizamiento silencioso de los patos. Iban en grupo con suma elegancia como si se desplazaran en una cinta transportadora; fue como una melodía ese desplazarse tan horizontal… un canto 'gregoriano' en movimiento.

    Casi nadie allí a esa hora, y un adorado silencio.

     

    Una de esas mañanas vio en el banco de al lado a un hombre que los franceses llaman “sin domicilio conocido”. Un hombre a toda evidencia en situación de calle. De vestimenta modesta, pero pulcra en su apariencia raída, pelo entrecano mal cortado pero no desgreñado, calzaba zapatillas descoloridas. El hombre no estaba desabrigado. Es lo que se podía ver de perfil. Él leía un suplemento de algún periódico que ella no consiguió identificar. De pronto, se acercó al extremo del banco más cercano a donde ella estaba; ella tuvo un instintivo impulso de apartarse, pero no se movió. Después de voltear una hoja, el hombre sacó del bolsillo del abrigo un lápiz gastado que casi se perdía entre sus dedos, y comenzó a marcar algo en el suplemento.

    Ella retomó su estado de relajación placentera al sol. Cuando abrió los ojos, el hombre ya no estaba. ¿Había sentido inquietud respecto de ese hombre? ¿Y por qué? –se preguntó con leve sentimiento de culpa–. ¿Cuál será su historia, qué habrá perdido él en su vida?

    El parque se poblaba de visitantes a la hora en que ella volvía…

    La situación se repitió otras dos veces en los mismos bancos consecutivos. Y a la tercera, antes de regresar, ella se paró frente al sin casa con esta pregunta:

    –Disculpe, ojalá no se moleste, tengo curiosidad ¿qué marca en el suplemento del domingo?

    El hombre la miró fijo sin responder. Era difícil saber si estaba sorprendido por su abordaje o molesto por la interrupción de su tarea. Ella sintió incomodidad, ya estaba arrepintiéndose de haber hablado… Sin embargo, le sonrió y su sonrisa causó buen efecto. El hombre, aún sin decir palabra, le mostró una lista de ‘avisos clasificados’. Lo que él hacía era marcar ofertas de casas y departamentos en diferentes barrios de la ciudad. Trazaba un óvalo en algunas de esas ofertas. Finalmente, con voz ronca pero calmada le preguntó a la mujer: –“¿Usted nunca sueña con algo que quisiera tener?”

    Allí concluyó el diálogo; ella solo levantó una mano a modo de saludo. El camino de regreso estuvo marcado esa vez por una mezcla de pena y resignación… Miraba de otra manera ahora los frentes de los edificios, los pisos pulidos y limpios, los cristales brillantes, el vacío espacioso de los hall de entrada, las plantas ornamentales en sus macetones.

    Hubo una pregunta no proferida…  –¿Con qué sueño yo?