viernes, 29 de diciembre de 2017

La Comida de Navidad

La Comida de Navidad



La comida de Navidad había transcurrido como todos los años bajo el enrejado alto en el cual se habían entreverado las ramas y zarcillos de las parras. Entre los racimos colgantes se veían las estrellas. El calor decembrino era dueño y señor de la ciudad, como todos los veranos.

Cada quien había colocado cosas sobre la gran mesa, el mantel de la bisabuela sólo desplegado en Navidad como bandera inmaculada, los alimentos sagrados y consagrados de cada año, las copas y vinos, las frutas y cubiertos, algunas flores en pequeños vasos, velas encendidas en sus porta velas, donde dibujaban imprevisibles esculturas blancas, también rojas hasta morir.
Se habló de los antepasados, de la casa del campo, de las sorprendentes historias de luces ‘malas’ y de aljibes que repentinamente se habían secado y vuelto a surgir en una noche, del rayo que persiguió a Juan hasta dentro de la galería, donde lo dejó tiritando… de la situación del país (sin agredirse), de la separación del matrimonio de los primos…
Se comió y bebió con y sin moderación. Las niñas ya habían cometido la travesura de beberse todos los restos de sidra de las copas mientras los adultos charlaban y comenzaron una diabólica danza con risas sin control por todo el patio, embriagadas como seguidoras de Dionisos.
Nos despedimos de todos con abrazos y tomamos nuestro breve autito para irnos a casa. Serían como las 2:00 am de la madrugada. En la esquina del Hospital, a media cuadra de la casa paterna, los faros iluminaron a una mujer joven que hacía señas de detenernos en la mitad de la calle. Él frenó de golpe justo antes de atropellarla. Bajamos a insultarla por su imprudencia y allí nos pidió que la lleváramos a su casa porque ya no había transporte ni se encontraba ningún taxi. Su angustia visible nos decidió…
El calor y la humedad impregnaban la ropa y la piel brillosa. La muchacha subió al asiento trasero del auto y nos dio su dirección. Decidimos llevarla. No se notaba ebria ni drogada. Sí con la cara roja y los ojos acuosos por el llanto. La voz ya ronca, como de haber gritado mucho.
-Vengo del Hospital. Voy a avisar a mis padres. Murió, él murió… el muy maldito murió justo en la noche de Nochebuena. Todos en torno a la mesa del comedor, cada uno a las 12:00 menos unos segundos con nuestras copas levantadas esperando el brindis de Navidad. Cada uno, todos menos él. ¡Maldito! ¡Mil veces maldito! En vez de su copa levantó un revólver y sin decir palabra se disparó un tiro en la boca… así… allí… ¡delante de todos! Sin decir nada y dando a entender todo… Dejándonos a cada uno con la culpa de pensar qué pudimos haber hecho para evitarlo, ¡¡qué no hicimos para evitarlo!! Ese fue su ‘regalo de Navidad’…un regalo que va a durar por el resto de nuestras vidas… ¡Mil veces cretino!
La muchacha lloró todavía un poco más, ya como murmurando el llanto, mientras nosotros estábamos clavados en el mutismo. Llegamos a su dirección. En la calle un auto de la policía iluminaba como faro veloz, girando, las ramas bajas de los árboles.




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